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De Quimeras y Ensoñaciones

Relatos

Enamorado de una chica de revista

Enamorado de una chica de revista El siempre había dicho que no volvería a enamorarse nunca más, desde aquel día de Pascua, cuando su chica pelirroja murió ahogada en el río que cruza las afueras del pueblo.
Sufrió mucho, mudo y triste, no sabía adonde dirigir sus pasos, porque siempre le llevaban a ella, no podía olvidarla.
Un día, alguien llevó una revista del corazón a la oficina, como un autómata abrió aquella revista que estaba encima de su mesa de despacho, la ojeó despacio, hasta que en la última hoja la vió.
Era aquella muchacha de la revista, un ángel, algo no real, un fantasma vestida de mujer. Estuvo mirándola, quieto, impávido, durante cinco minutos, cerró los ojos y al abrirlos aún estaba allí.
Se había vuelto de nuevo a enamorar.

Enamorado de una chica de revista

Enamorado de una chica de revista El siempre había dicho que no volvería a enamorarse nunca más, desde aquel día de Pascua, cuando su chica pelirroja murió ahogada en el río que cruza las afueras del pueblo.
Sufrió mucho, mudo y triste, no sabía adonde dirigir sus pasos, porque siempre le llevaban a ella, no podía olvidarla.
Un día, alguien llevó una revista del corazón a la oficina, como un autómata abrió aquella revista que estaba encima de su mesa de despacho, la ojeó despacio, hasta que en la última hoja la vió.
Era aquella muchacha de la revista, un ángel, algo no real, un fantasma vestida de mujer. Estuvo mirándola, quieto, impávido, durante cinco minutos, cerró los ojos y al abrirlos aún estaba allí.
Se había vuelto de nuevo a enamorar.

Amiga

Amiga Amiga
Decirte que el deseo es un sentimiento fiero, un torero, que se enfrenta en el ruedo a un toro con trapío, con bravío, nasío pa dar el do de pecho ante una capa y un estoque, tengo temor del toro, porque el que entra a matar es el torero, a matar, a matar entra el torero, reniego de la sangre sobre el ruedo, reniego de la condición de torero, reniego del nacimiento pa dar el do de pecho en un ruedo, sólo por ser grande, negro y con cuernos. Te visitaré en el cielo.
Amiga mía.
El miedo sin fundamento es un puñal que se clava muy adentro, que siembra de cizaña el entendimiento y aturde y atolondra los afectos, que emponzoña la razón y la cubre con un velo negro de alas de murciélagos.
Amiga
Si cierro los ojos cuanto te beso es por ser torero.
Mi querida amiga
Hay un faro solitario a lo lejos que precisa cubrir una plaza de farero, un toque femenino que guíe los destellos reflejos de las luciérnagas que cuelgan del cielo y a intermitencia proyecten ráfagas de linterna y farolas sobre los veleros para que icen su velamen y se alejen raudos del enemigo que acecha en la costa con desgarrar su costado de maderos.
Amiga
El amor se trueca en pasión y hace cambalache con el arrebato, como tañen las campañas, como centellea con fosforescencia de un millón de luciérnagas el ojo ciclópeo del faro que si tus manos guían, guían los barcos a buen puerto, mi farero, ¿aceptáis la vacante? .
Mi acompañante
Noto el corazón enfermo, a latidos que no son míos, compartidos, heridos, jadeantes, sofocados en llamas de tal ardor que prenden dos lamentos, que obcecan la razón, y se abandonan al momento, sofocados, cayendo bajo el delirio de lo vivido, de lo sentido, hasta rozar el eco del sonido del corazón palpitante, de la sangre exhalada en torrente salvaje de alta montaña, el paroxismo del propio alma.
Vos que sois mi amiga
Andad descalza sobre alfombras mágicas, soñar ideas peregrinas, mirar el asombro reflejado en mis ojos cuando en ellos los vuestros devuelvan su reflejo, que el asombro acuda a vuestros ojos, a vuestro rostro, que el rubor tiña alguna que otra cana perdida en la maraña de un cuerpo bonito de sol, notaréis la intrépida quemazón del pudor desvistiendo de anhelos la batalla de la desvergüenza que pugna en derrotar a la razón. La sinrazón de la pasión.
Mi amistad sincera
Se ofrece en letras, palabras rebuscadas, anotadas con desvelos en noches insomnes bajo luceros cómplices que pueblan la noche de luminarias, de carros tirados por bueyes, de osos panda, de arqueros, de ríos de lava, de noches mojadas, de la alborada teñida de magia, de palabras, palabras.
Amiga
La más hermosa de las palabras.

Otoño en Nieva York

Otoño en Nieva York Sin palabras.

De barba blanca

De barba blanca Ayer le vi de nuevo, con su cigarrillo entre los dedos, su barba blanca recortada, su sombrero negro de fieltro, ayer me vi de nuevo entre la niebla y el humo que abarrota el tugurio donde pasas tus largas horas de marcha, me vi tendiendo mis manos hacia alguna barca fondeada en el embarcadero, tu sortija de plata blanca adornando tus cuidados dedos, recuerdos de tiempos pasados, cuando el amor ocupaba tu universo, me vi mirando el pasado, vacío, como el presente, como el futuro, lleno de humo de cigarrillos con sabor a olvido, a abandono, a una vida de bohemio más vagabundo que libre, más errante que independiente, más abandonado que soberano de su propio destino, más manso que asilvestrado, menos bohemio, más fraile de convento que pasase sus horas enteras entre rezos, repitiendo letanías en horas llenas de tedio.
Os vi en la barra de un bar, solitario, reclamando una mirada que nunca llega de ningún lado, triste y callado, abandonado.
Un Euro por vuestros pensamientos.
Me senté a su lado, le puse la mano sobre el hombro, no se molestó, al fin y al fallo, era yo, le pedí que me contase un cuento, dos cuentos, mil cuentos, me miró con sus ojos rojos de borrachín pedigüeño y me dijo que “estaba gueno”, a cambio de un tinto, de un paquete de cigarrillos y de un bocadillo.
Seis euros no son mucho por unos pensamientos.
Mi ilustrado barbudo tejía con sus palabras alfombras llenas de trazos horizontales y verticales que no conducían a ninguna parte, a su laberinto personal de tardes regadas de tinto y tiempo por delante, de nada emocionante, de caminos conocidos y sendas recorridas sin tino, sin destino, sin talante, un maquiavélico personaje que saliese a la calle maquillado de don nadie, un fulano sin pandilla, un actor de pantomima, un panoli de la escena de la vida.
Le miraba a los ojos y me veía, sanguijuela de teatros abandonados, sanguinario de operetas de tres al cuarto, el rey de los urinarios y de la estrofa manchada con olor a resabios.
Hablaba masticando, rimbombante en su higiene de migas de pan rodando sobre su barba blanca y poblada, un entramado de patrañas contadas al tun tun, sin fundamento, sin cimientos, sobre crímenes y vejaciones, sobre ladrones, sobre violentos, sobre sangre y vísceras, sobre asesinos alevosos y muertos que salen de las tumbas del cementerio, y lo gracioso, es que creía impresionarme, y me miraba de reojo, esperándome ver temblar, sorprendido, asustado, con miedo, qué se yo, y me dio pena, porque sus cuentos apenas valdrían un céntimos, artificiales y fingidos, sintéticos, pintura carcomida sobre vetustas ventanas sin gozne que las soporte.
Los miedos de un viejo.
Mis miedos.

Cuando salimos del bar, tan sólo uno caminaba. El otro había muerto.

Ocaso de sol

Ocaso de sol ¿Acaso no es hermoso un ocaso de sol?, el acabose, el ver esconderse nuestra estrella tras el perfil gris azulado de la serranía, por encima de la copa de un manzano, es naranja, no manzana, una naranja cuasi perfecta descendiendo cual campanadas de fin de año, consumiendo sus instantes de ensueño, dejando paso a la enigmática noche que le responde con aplausos. Cuento el tiempo. Se va escondiendo, juega conmigo al juego del escondite allá a lo lejos, resplandeciendo. Cuando definitivamente se haya ido, dejará un rastro de luces, una estela de colores, una franja anaranjada, unos recuerdos indelebles en el tiempo. Le cuento cuentos. Me invento el tiempo. Puedo mirarlo con los ojos abiertos, sin que me hagan daño sus rayos, cuando desperezando sus brazos ha decidido tomar un descanso, es escaso el tiempo, pero intensa su presencia al estar a su lado, ahora que puedo mirarlo, que se deja, que aunque lejos, está tan cerca, a mi lado, le abro la puerta de mi casa, las ventanas, salgo al patio y con un vaso frío de refresco en las manos, acercándolo a los labios, bebo despacio, le veo, al sol, su ocaso, y le lanzo un beso sentido, herido, rasgado de dolor. Si no quemase tanto, le atraparía entre mis brazos, le anclaría al suelo, conmigo, en este verde patio, si no estuviese tan lejos y otras circunstancias me permitiesen ser el dueño del cielo, le apretaría contra mi pecho en un fuerte, recio y varonil abrazo, en un ardiente y apasionado estrujón de dos cuerpos calientes a un tiempo, mi sol, mi ocaso, mi estrella diurna que tan sólo te tengo y contemplo cuando cansada vas camino de la cama, de día estás tan radiante, tan pletórica de energía, tan dueña de otros mundos y otros cielos, que tu mirada lastimaría mis cansados, blandos y tiernos ojos, por ello nunca te miro cuando recorres el mundo a tu libre albedrío, te tengo presente siempre, a cada instante, pero no te veo, no me dejas, me harías daño, ¿cómo escribiría cuentos un ciego si tú me cegaras de día?.
Con esa solera que te dan las primaveras almacenadas en cubas de roble de vino añejo de rancio abolengo, te escancias sobre las rocas serranas que miran hacia occidente, te veo caer en el atardecer cual vino derramado, cual moscatel ó rosado, cual vino generoso, fuerte y añejo, ó seco, fermentado y no azucarado, me gustas cuando tienes burbujas y me haces cosquillas en la nariz, cuando eres un espumoso gasificado, con gas carbónico inyectado y doble efervescencia, un espumoso adolescente entonces me pareces, y te veo joven, trasnochado, vital, con ganas de saltar sobre la cama y no echar las sábanas hacia atrás, de brincar y no dormir, de hablar sin parar, de no querer descansar, de parar el reloj y eternizar la vida en un instante, de dejar burbujear la brújula que las brujas barajan entre sus manos indicando el lecho donde has de pasar la noche y sin embargo tú no querer cerrar los ojos, sino disfrutar de las cosquillas en la nariz, con la dulzura de tu sangre embriagada ahora de un vino dulce, azucarado, tierno, para olvidar y vivir tan sólo el momento en que el tiempo se detiene y no hay un mañana ni un ayer, tú y yo, sol, frente a frente, mirándonos sin hacernos daño, sin tenernos miedo, sin saber quienes somos, quienes fuimos ó quienes seremos, jugando a relajarnos, a tenernos, a conjugar verbos, yo te tengo, tú me tienes, nosotros nos tenemos, saborear el azúcar en la lengua, en los labios, en el paladar, gozar del frescor del atardecer, de tu presencia que … que se me va, que ahora si, se me va haciendo ausencia, se me va haciendo vino de lágrima, destilado de la uva sin exprimir, sin apretar el racimo, que surge de las caricias que mis ojos tristes te inspiran y mis misteriosos silencios te confunden y te llenan de miedos, miedo me das tú, ahora que han pasado los efectos de los vinos que tomamos juntos, que dejas paso a la noche solitaria y declinas tu brillo tras las montañas, la magia se rompe en cachos, pero te pienso, pero no te tengo. Ay, si pudiera detener el tiempo. No quiero dejarte ir. Me da miedo la oscuridad. Me da miedo la soledad. La soledad. Sol y edad, ¿dónde vas?. Tu edad no es edad, es otro lugar, lejos, un suspiro que no sé de donde ha surgido, el vaso que ya está vacío, la noche llega, se queda, tú no estás. ¿Acaso no es hermoso nuestro ocaso de sol? . Te fuiste.

Estaba tan ciego que no vi la luna, sabes, me dicen que eres tú quien proyecta la luz de la luna, me dicen que si miro la luna no te habrás ido y te tendré de nuevo conmigo.

Trastorno bipolar

Trastorno bipolar He de reconocer que me siento atraída por ciertos seres humanos, unos poquitos, esos que me huelen a ciertas flores e irradian un color especial, tornasolado, y se me muestran tan irresistiblemente atrayentes que doy mil y una vueltas a su lado, saboreando ese no sé que especial que irradian, el aroma y la luz, a veces imaginario, y los acompaño a su pesar, librándome de los vientos huracanados que provocan sus manotazos por apartarme de su lado.
Los hay que se dejan querer, dóciles y mansos, me dejan que me pose en sus hombros, en un dedo índice extendido de su mano que me ofrecen de atalaya de vez en cuando, y … Ay, están aquellos que suavemente me permiten que aterrice y que cabalgue sobre su propia nariz, cual jinete sobre caballo, un instante, grácil y graciosamente, -afirman ellos-, y para mi es un sutil arrebato cautivador cuando desde aquella cima veo dos diminutos lagos con una luna coloreada atrapada en su centro que me embelesa y entontece a un tiempo. Ellos llaman a aquellas lunas, pupilas, que crecen y menguan cual lunas, en el centro del Iris.
Hago equilibrios con movimientos de mis alas para no perder su contacto, pues no tengo garras con las que anclarme a la ladera de esta montaña carnal que se mueve aprisa, al ritmo de un senderista, de un caminante que me mira entre sorprendido y absorto. Me fascina y me subyuga el brillo de los ojos de los seres humanos, de sus lunas coloreadas que nadan en lagos blancos, hay lunas verdes y lunas azules y lunas grises y lunas marrones y lunas negra y lunas … y la costa poblada de árboles negros, sus pestañas, que parecen espadañas cortavientos de riberas.
Por instinto sé que mi tiempo es corto y el mundo grande, pero aquí, por mi mundo rural de arbustos repletos de flores apenas cruzan seres humanos, la mayoría pasarán de largo, sin olor, mientras tranquilamente yo libo de las lilas con tintes color carmín y azul. Indiferente, distante, dejándome ir. No soy una mariposa Monarca, tan sociables ellas y migrantes alocadas en espectaculares acrobacias de un sinfín innumerable de especímenes que pueden llegar a tapar el sol, no, soy una blanca y rayada solitaria que apenas valgo nada, mi belleza tan sólo está en mis alas, frágiles y tintadas, y a veces, cuando pasa por el sendero un ser humano de esos con olor a lilas y brillo especial, a veces me lo pienso, dudo seguir tras sus pasos ligeros, pues aunque me dejen asomarme desde el puente de su nariz para contemplar las lunas coloreadas que nadan en un océano de fondo blanco, por instantes dejo de verlas y contemplo mi propio reflejo en el cristalino de sus ojos y veo mis alas, la belleza y el encanto hecho presencia, pero si sigo mirando, veo también mi cuerpo, mi rostro, mi trompa de elefante ridícula y grotesca a un tiempo, una caricatura de bufón, de un ser repulsivo y deforme, son dos polos de un mismo aspecto, lo bello y lo feo escondido al acecho que se muestra bajo ropajes, embalajes que envuelven la otra cara. La cara de una mariposa es un esperpento de despropósitos, fealdad arrebatada, que me hace alejarme a golpe de alas de aquellos lagos que reflejan mi propia mirada.

Mi probóscide es el hazmerreír de mis días tristes y mis alas el aliciente de mis días alegres.

Un imán con dos polos que se repelen en un mismo ser, de un ser egoísta y narcisista que se mira y se descubre y ó bien sufre ó bien se idolatra según vea su cuerpo ó vea sus alas reflejadas, y ahora que estamos solos, he de confesaros un secreto, cuando no me miro el ombligo (las mariposas no tenemos de esto), no me miro a mi misma, no veo mi reflejo, sino tan sólo el color de las lunas que nadan en los ojos humanos, cuando les veo a ellos pasar ligeros ó despacio, me embeleso con su hechizo y creo que hay veces que siento que me dicen “hazme reír”, y doy piruetas y volandas y es entonces, cuando les miro a ellos y me olvido de mi mismo, cuando mi breve tiempo no pasa.

Minino

Minino Ey, minino, eres un gato ladino, de mirar seguido, de bigote fino, de temple felino, que afilas tus dientes con un mondadientes de palillo amarillo que contrastan con tus blancos dientes de puntiagudas coronas y desgarro fiero.
Una frente despejada, bien peinada, perfumada, con dones de don Juan, con mente clara, de mente inteligente, demente a veces, malicioso otras tantas, marrullero de los muelles donde patrullas de noche tras gatas en celo ó ratas despistadas ó disputas por bobadas tras las cuales tu linda cara a veces queda marcada por zarpazos desgarbados que muestran a las claras las navajas afiladas que otros gatos calzan en sus manos, mas hoy no se te aprecian arañazos de ningún encontronazo, te veo incluso guapo, bribón de tres al cuarto, una mirada perdida que trama, calculador, alguna idea taimada, una estrategia de caza, una ruta calculada hacia una víctima indefensa que no encontrará refugio a tus artimañas bien tramadas, alguien que caerá bajo tus zarpas de gato amaestrado en los muelles de carga, que aprendiste a defenderte de los diablos a fuerza de bastonazos, de carreras atropelladas, de fugas por alcantarillas que conoces pero odias, pues gatito, eres felino snob, bohemio pero elegante, relamido, medio pijo, que si por ti fuera cazarías ratones con guantes, sombrero, corbata, monóculo y una copa de aguardiente para enjuagarte esos afilados dientes, en los que portas, cuando enamoras, claveles rojos para tu gata mora.
Mi sagaz minino, tienes mirada de Humprey Bogar, de conquistador de gatas de alta alcurnia, de astuto como ninguno, de moverte por altas y bajas calas, de alcantarillas a cámaras de palacio, de burdeles a harenes, de un mundo underground a otro sibarita, de mercados con olor nauseabundo a pescado a jardines llenos del olor de jazmines, orquídeas, , menta, lilas, y delfines que se ahogan en piscinas sin espacio, de un mundo artificioso creado sin reparos por perillanes que sacan a su vida el jugo que les está siendo dado y ellos exprimen con sus zarpas y a dentelladas sin reparar en el mañana.
Pícaro minino, no me mires tan de fijo que me sacas de quicio, y no sé si llevarte a mi casa conmigo y atusarte esos bigotes finos ó lanzarte al agua de los muelles para que se te pase esa altivez de mirada y ese orgullo tan petulante y engreído que te gastas, quedas avisado mi chusco amigo de pelaje amarillo, yo te quiero, mi gatito lindo, aunque seas un cuco, aunque caces ratones, aunque afiles tus dientes tras los callejones, no es necesario que corras, ya sabes que nunca juego al juego del “corre, corre, que te pillo”, tan sólo te miro desde mi ventana, desde lo alto, lejano, observo tu juego, me río con tus piruetas, tus galanteos, tus trifulcas a deshoras, tus idas y venidas por las avenidas, por el bulevar de los sueños rotos, mi pillo minino, a veces, intento convertirme en ti, salto la ventana y te sigo en tu peregrinaje hacia otras partes, te acompaño por los muelles y me siento a verte, y siento que a veces, cuando ya te has ido, te recuerdo y te visto de amarillo en tu propio olvido.
Te daría un beso ahora mismo.